Chicho Cabo, el leonés que convirtió su sangre en blanquiazul, pasa a ser Leyenda del Decano Cántabro.

Más de un mes he tardado en hacer un escrito que me ha salido del alma, desde principios de julio, cuando nos dejó Chicho, donde las emociones me han impedido en muchos días no estar más de 2 minutos ante el ordenador, emocionado hasta tener que posponer el fin del mismo hasta otro día.

Quería hablar un poco del Chicho persona, de ese amigo que me acompañará toda mi vida y que puedo decir con orgullo que nos teníamos un cariño especial, y que para mi Chicho era como mi padre, por diversos motivos.

A Chicho le “conocí” a finales de los años noventa, o principios de los dos mil, escuchándole en aquellas maravillosas tertulias de Ser Torrelavega dirigidas por Juanjo Martínez, donde todos los blanquiazules estábamos conectados a eso de las 15:07 cada miércoles, con unas charlas que hacían afición, y que a muchos nos volvieron a enganchar a nuestro club. A Chicho siempre se le notaba un sentimiento especial con su Gimnástica. Era algo absolutamente intocable en su vida y no concebía oír ni leer un solo ataque al club, o al equipo. No le gustaba oír cosas negativas sobre la Gimnástica, Chicho tenía un sentir muy especial.

Pasó de ser un futbolista nacido y crecido en León, a llegar a Torrelavega y a sentirse el más torrelaveguense del mundo. Dejó su etapa de futbolista y pasó a ser uno más en la ciudad, llevando por bandera su “torrelaveganía”. Personalmente yo le conocí muy tarde, algo menos de hace 10 años en los viajes que coincidíamos viendo a la Gimnástica en segunda división “b”, siempre él acompañado de su inseparable Guru. Lo mismo les veías en Mendizorroza, en Ipurua o en Teruel, siguiendo al Decano Cántabro. Yo era un aficionado más, y como al resto de amigos se nos acercaba Chicho y siempre con palabras cariñosas dedicaba un rato a los torrelaveguenses que nos movíamos viendo al equipo del alma. Le hacía ilusión que siguiese habiendo gente que sentía los colores y que animaban al equipo.

Siempre amable, siempre cariñoso, siempre tenía una sonrisa en la boca y cuando menos te lo esperabas te soltaba una broma de las suyas que te dejaba descolocado. Era un pedazo de pan. Le conocí más profundamente tras el descenso administrativo, coincidiendo en muchos entrenamientos, pasando muy buenos ratos. Entablamos una fuerte amistad y pasamos a ir a muchos partidos juntos. Se forjó más con el nacimiento de Marcador Gimnástico, y su continua ayuda a un servidor en mi labor.

Hace 5 años, realicé para este medio, un vídeo con 107 felicitaciones a la Gimnástica, en el 107 cumpleaños de la institución que nos unió. La idea partió de mi, pero Chicho fue el que la ejecutó practicamente. Comenzó a llamar a ex-compañeros y a multitud de futbolistas que han vestido la blanquiazul para poder llegar a los 107 protagonistas, sin él ese vídeo hubiese sido imposible. Lo mismo llamaba a Zabala, que a los hermanos Pachín, a “Moruca” o a Laureano Ruíz para que se pasasen por el Malecón y grabarlos, que lo mismo nos íbamos a Viérnoles a por Aúrre, a Cabezón donde Santi el peluquero, nos íbamos a Pechón donde vivía Astarloa o nos pasábamos por San Vicente de la Barquera a visitar a Javi y a Noriega. Y en todos esos viajes y los desplazamientos de tercera donde íbamos juntos multitud y multitud de anécdotas. Era feliz estar junto a Chicho, día a día. Él hacía que los encuentros fuesen increíbles, siempre con un humor inigualable.

Recuerdo al final no se si de la liga donde a la Gimnástica la entrenaba Loza o ya con Raúl, cuando tras un entrenamiento del equipo Chicho me dijo que estaba malito. Pero que iba a afrontar la enfermedad con una fuerza tremenda, y sobre todo con la ayuda de Maite, su mujer. Durante días quedábamos con Manolo Haro, los tres. Imaginaros en una cafetería con Manolín y con Chicho, posiblemente las personas más guasonas que he conocido en mi vida. Me daban vida, eran momentos únicos que me llevaré para siempre. Lo mismo quedábamos para tomar un café que para comer. Un día se unía Guru, otro Chus Herrera, o cualquier otro gimnástico al que le apeteciera una charla de amigos donde siempre el núcleo de unión era nuestra Gimnástica.

Llegó esa maldita y cruel enfermedad. Recuerdo pocos días antes de que le detectasen su problema, estaba en La Montaña jugando con él al pádel. Era tremendo, con su edad, el nivel que tenía, y yo con ni siquiera 30 años sacaba la lengua jugando contra él.

Al poco tiempo, llevaba ya una temporada dándole vueltas a la cabeza para la creación de un premio, por el que la afición votase al mejor de cada partido. Y se me ocurrió ponerle el nombre de Chicho Cabo, “al pundonor”. Era imposible encontrar a un ex-futbolista más acorde que Chicho para buscar el pundonor de un jugador. Le pedí permiso, evidentemente, él “avergonzado” no quería, pero sabía que le hacía una ilusión tremenda, y lo anuncié. Pocas cosas al cabo de un año con Marcador Gimnástico me hacía más ilusión que llegase mayo y entregarle el trofeo al jugador más votado, y juntarnos ahí Marco, el protagonista, Chicho y yo, me encantaban las tertulias. Este año, el cuarto, no pudo ser, Chicho estaba hospitalizado y llegó a casa el día antes de hacer la tertulia con Rubén Palazuelos. Le llamé el día anterior, me dijo que andaba pachucho y que creía que no podría venir. Le llamé al día siguiente, el día de la entrega del trofeo y me confirmó que no podía acudir. El bajón fue tremendo, el alma del trofeo no estaría con nosotros. Pero en el fondo teníamos la esperanza de que se recuperase y estuviese con nosotros de nuevo al año siguiente. Cuando le dije a Rubén que Chicho no podía venir, le noté triste, y es que no era lo mismo, sobre todo con un Chicho y un Rubén que se tenían un cariño tremendo.

Sigo recordando muchos viajes con él, a un sitio y a otro. Esos entrenos, donde Chicho siempre nos hacía reir. Su corazón, inmenso. Su ternura. Me emocionaba ver como un leonés eran tan sumamente torrelaveguense. Y como a un futbolista que no conoció la R.S.Gimnástica hasta pasados los 20 años, acabó siendo el mayor de todos los blanquizules.

Chicho, te echaré de menos toda mi vida, a tí a a Manolo. Estoy deseando volver a tomar un café con vosotros, ¡¡esperadme!! Ya sea en el cielo o en el infierno, pero sea donde sea quiero estar con vosotros. ¡¡Hasta luego!!

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